28 jun 2010

Mitos y monumentos del monoculturalismo en Yucatán (1ra. parte)

La reciente erección del monumento a Los Montejo (los conocidos en la historia de la Conquista como “El Adelantado” y “El Mozo) ha abierto de nuevo la discusión acerca del legado histórico y cultural que la irrupción de los europeos en el siglo XVI ha tenido en la configuración de la sociedad yucateca del siglo XXI. Debido a la larga e irresuelta historia de explotación y marginación de las sociedades indígenas que la colonización trajo consigo, nosotros, los mayas del siglo XXI no podemos dejar de señalar nuestra incomodidad, por decir lo menos, y nuestro enojo, por decir lo más, ante la forma en que con el “cumplimiento” de este “compromiso histórico” para con los Montejo se siguen reproduciendo los mitos monoculturales sobre los que se basa en gran medida la discriminación que todavía padecemos en nuestras personas, comunidades, lengua y cultura.
Aunque son varios los mitos que continúan prevaleciendo alrededor de la conquista y colonización de México y Yucatán, en este artículo (y otro que publicaré después) únicamente me referiré a dos de ellos: el mito de que homenajear a los “conquistadores” es un acto neutro que simplemente reconoce un hecho histórico lejano que nada tiene que ver con la situación contemporánea, y el mito de que solamente los europeos participaron en la “fundación” de las ciudades del “Nuevo Mundo”.
Respecto al primer mito, el monumento a los Montejo rinde tributo a dos personas que, en el siglo XVI, encabezaron a un numeroso grupo de forajidos y aventureros en su empresa de “pacificación” de América; y quienes a su llegada impusieron una forma de sociedad en la que la posición que ocupaban los grupos y las personas en ella estaba basada en la pureza de “sangre” (europea, se entiende) que corriera por sus venas (ya que en ese tiempo el concepto “raza” no había alcanzado el auge que tuvo en el siglo XIX como fundamento para la discriminación). Las categorías creadas dentro de este sistema se conocen como “castas”, y en la cumbre de la pirámide social estaban los españoles "puros", muchos de ellos descendientes directos de los conquistadores. La idea de las “castas” y de la pureza de “sangre” eran las bases ideológicas que justificaban la explotación, el maltrato y el abuso al que los nativos de América fueron sujetos durante el periodo colonial.
Para que no quede duda de que la violencia fue la forma en que los Montejo llevaron a cabo esta tarea “civilizadora” en Yucatán, éstos consagraron en piedra el principio de la superioridad europea en el pórtico de la que se conoce como “Casa de Montejo” (ver foto, cortesía de Wikimedia Commons). La imagen, que habla más que mil palabras, refleja la brutalidad con la que los “conquistadores” concibieron su tarea en Yucatán: la imagen desproporcionada del soldado español (presuntamente alguno de los Montejo) se yergue dominante y amenazadora sobre las diminutas cabezas sin cuerpo de los nativos sojuzgados, quienes gesticulan presuntamente de dolor (que no de alegría) al recibir la “preciada herencia cultural de sangre (sic), lengua y religión” que los “conquistadores” candorosamente les traían.
Esta imagen no fue sólo apropiada por los “conquistadores” españoles  de aquél siglo, sino que su “encanto” ha cautivado a yucatecos de pensamiento hispanista y elitista hasta bien entrado el siglo XX. Los yucatecos hispanistas, los “sin complejos”, los que nos imponen con su monumento una versión unilateral y monocultural de la historia regional están representados aquí por el difunto historiador yucateco Jorge Rubio Mañé que sin tapujos describía este brutal frontispicio en los siguientes términos:
“Un hermoso pórtico con figuras alegóricas a la epopeya de la conquista se yergue majestuoso a la vera del clásico zaguán que diera entrada al solar de los fundadores de la ciudad. Allí está desdeñando el tránsito de las centurias y los tráfagos modernos. Allí está señalando la cuna de la sociedad yucateca.” Los Primeros Vecinos de la Ciudad de Mérida de Yucatán, 1943, pp. 25.

La palabra clave aquí es, desde luego, “desdeñando”.
La Mérida de los Montejo fue concebida como centro y símbolo de dominación colonial de los pueblos mayas. De ahí es que aparentemente se deriva su más famoso apelativo: “ciudad blanca”, de acuerdo con el investigador francés, avecindado en Yucatán, Michel Antochiw, en la obra “Yucatán en el tiempo”. “Ciudad blanca” hace referencia al deseo de los primeros “avecindados” de que Mérida fuera una ciudad exclusiva de “los blancos”, un bastión inexpugnable para protegerse de “los indios”, aspiración que tuvieron que abandonar con el tiempo ya que –como expondremos en el siguiente artículo – la existencia de Mérida sería imposible sin los mayas y otros grupos culturales.
Vistas las cosas desde este par de datos históricos (y guardadas las debidas proporciones), pedirles a los descendientes de los pueblos que fueron sujetos a esta violencia y exclusión que no seamos “acomplejados” o, – como paternalistamente lo ha sugerido el cronista Peón Ancona–  que abandonemos nuestro “complejo de malixes” (corrientes, "sin casta"), equivale a pedirles a los afroamericanos que olviden la violenta historia que hizo esclavos a sus antepasados, o pedirles a los judíos que ignoren el papel de los ideólogos nazis en relación con el Holocausto que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial.
Desde luego, el cronista Peón Ancona no se considera una persona "acomplejada" ya que claramente su campaña personal por la erección de este monumento se entiende más que nada como un “auto-homenaje” familiar, especialmente cuando transluce el hecho de que él mismo – por virtud de uno de sus apellidos – se considera descendiente directo de estos “conquistadores”.
Esta “celebración” parcial, personal y acrítica de la historia regional sería un simple chascarrillo si no fuera porque las bases ideológicas y culturales de la exclusión y subordinación de los pueblos indígenas que sentaron los “fundadores” de Mérida ha definido y continúa definiendo la forma en que se desarrollan las relaciones entre los distintos grupos sociales que habitan hoy el Estado y la Península.
En los cinco siglos que han seguido a la llegada de los europeos, baste mencionar como datos históricos, la explotación a la que fueron sujetos los pueblos y, particularmente, las mujeres mayas durante la Colonia (el historiador yucateco Sergio Quezada, por ejemplo, reporta que las tejedoras de mantas de algodón –que formaba parte del tributo que los pueblos mayas debían entregar a la administración colonial literalmente morían sobre sus telares extenuadas por el cansancio), la usurpación de las tierras comunes de los mayas orientales que –aunada a muchos otros factores desencadenó la violentísima y tristemente célebre “Guerra de Castas” en el siglo XIX, y por último la semi-esclavitud a la que fueron sujetos miles de trabajadores mayas en las haciendas henequeneras a finales del siglo XIX y principios del XX (y que en muchas comunidades mayas aún se recuerda como “u k’iinil esclavitud” –el tiempo de la esclavitud).
La continuidad histórica de esta relación desigual y violenta entre los que se han visto y siguen viéndose como descendientes de los “españoles” y los “mayas” (a pesar del supuestamente hegemónico discurso del “mestizaje”) desmiente la “ingenua” proposición de que "los hechos de la conquista" son cosa del pasado y que quienes insistimos en apuntar a su relación con el presente debemos superar nuestros "complejos histórico-sociales".
La insultante condescendencia de esta afirmación insiste en ubicar la discriminación en el imaginario del discriminado. Desafortunadamente, una exploración crítica del presente nos demuestra que el desprecio y el racismo existen más allá de las mentes de los “colonizados” como demuestran las expresiones de discriminación documentados por Alicia Castellanos (ver en especial la viñeta “Los mayas según las señoras de Mérida” o las siguientes gráficas tomadas de la primera encuesta nacional sobre discriminación publicada por el CONAPRED en 2005.

Grafica 1.
Porcentaje de personas que están de acuerdo con la idea de que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales: 42.9%

Grafica 2.

En el caso yucateco, la discriminación que sufren los mayahablantes (descendientes culturales, que no "raciales" de los mayas del siglo XVI) permea las instituciones de justicia (como lo ha demostrado fehacientemente el equipo Indignación en el caso de don Ricardo Ucán Seca), las instituciones educativas, y las relaciones entre personas que tienen apellidos mayas y las que no, entre otros muchos ejemplos.
Como dice mi paisano ticuleño Ermilo López Balam, el caso de la erección del monumento a los Montejo muestra claramente como, para un reducido grupo de meridanos que observa la historia regional con lentes monoculturalistas y elitistas, “Yucatán sólo es Mérida, el Municipio es sólo la Capital”. Es decir, que se imaginan a Mérida como un lugar sin presencia maya, a pesar de que la mayoría de los habitantes de sus comisarías son mayahablantes.
Pero, como expondré en el siguiente artículo, la historia de Mérida es mucho más diversa y rica que “el legado” que presuntamente nos dejaron los Montejo, y es en la falta de reconocimiento a los demás protagonistas de la historia donde se manifiesta más claramente el sordo y ciego monoculturalismo que prevalece en los círculos de pensamiento hispanista y elitista de Mérida, la de Yucatán. (Continuará)

17 jun 2010

"Caridad Tah Otzil's deceit" - A contemporary Mayan tale

I have been meaning to publish this story in my blog for a very long time. This wonderful account of Yucatecan life was originally written in Yucatec Maya by my good friend Ana Patricia Martínez Huchim. In kíik X-Pati (my big sister Pati) is the director of the Casa de Cultura Popolnaj "Máximo Huchin", that seats on the third largest city of the state of Yucatan, Tizimín. She completed her degree in Linguistics and Literature at the Faculty of Anthropological Sciences in Mérida around the same time I was beginning my studies there. We have been very good friends ever since.

        X-Pati is now a full-time lecturer at the Universidad de Oriente in Valladolid, second largest city of the state of Yucatan. At the university she teaches a range of courses including "Yucatecan Literature of the 20th Century", "Colonial Maya Literature", and "Contemporary Maya Poetry". She continues her tireless job of providing a room for maaya t'aano'ob (Mayan voices), old and new, to express their own views of the world, especially through the publication of the magazine K'aaylay, "The Song of Memory".

        It is in this monthly magazine that X-Pati published originally this Mayan modern tale, and you can check the original version out here.
The reason why it took me so long to finally decide to publish this English translation of her story is that I was trying to get hold first of the English translator to get authorisation from her to re-publish it. The translator is Anne Whiteside, faculty member of the City College of San Francisco. Unfortunately I couldn't find a way to communicate with her so I hope that if she reads this later she would be be OK with this. This English version was originally published on her own blog "Anne's dispatches from Valladolid".

I truly hope that you'll enjoy this story, as much as I do.
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Caridad Tah Otzil’s deceit

by Ana Patricia Martínez Huchim


"The time will come for going out begging; such is the fate of the old and poor"

Doña Caridad [1] the Mayera [2] is grandmother to everyone on “huaya” road. She’s more than eighty years old and practically bald, due to advanced age. What little hair she has left is black on account of all the “pich” birds she ate in her childhood, birds which she herself would hunt, skillfully, with a slingshot, having always had great aim for everything. Everything.

Up until a few months ago, Doña Caridad would go begging during the week, dressed as a poor mestiza: tattered and faded hipil, threadbare shawl, and barefoot; but Sunday afternoons, she’d get dressed up like a jeweled lady, with powder and rouge on her face, and lotion on her neck, and she’d head to the town square to catch an open-air concert. At night, on her way home, she’d stop off at “God’s Blessing” corner store to get a shot of anisette.

“–For warming my bones- Utia’al u chokokintik in baakel ” she’d say, sipping the liqueur.

Doña Caridad had eight children, two boys and six girls, seven of whom were married, and now has forty-two grandchildren and twelve great grandchildren.

“But having children is no guarantee they’ll help you in your old age- Chéen ba’ale’ u yaantal u paalal máake’ ma’ u k’áat u ya’al wa yaan u yáantikecho’ob ken nojochmáakech,” the old woman exclaims.

One of Doña’s sons, Plácido, turned out to be a real bum, too lazy even to look for a wife. At noon, when his mother gets home from begging, she shakes the lazybones' hammock, and he mumbles, half awake:

“Is it getting light or getting dark?”

The neighbors, put out by how the slacker sponges off his mother, have tried several times to punish him. They know the old woman feeds him with the money she makes from begging, so one day they got together to plan a trick on him.

“Doña Caridad,” called one of them, ever-so-nicely, “here’s a little food for you. There’s no meat in it, but the broth is full of vitamins.”

Savoring the delicious broth in advance, the old woman puts the pot over the fire and wakes the loafer to give him his share. But to their bitter surprise, they find not soup but brown watery rinse water from scrubbing a wood table.

Weekdays, when she returns from begging, Doña Caridad is swarmed by her grandchildren, who come running from the neighborhood to rummage through her bag. They fish out crusts of food and eat them as if they were the most exquisite treats. And they’ll grab her cane to play horse.

“Hey, gimme back my cane!- ¡Ey, suute’ex in xóolte’!” she cries, as the little ones run helter skelter.

“You little devils, leave my bag alone!- ¡Mejen kisne’ex, p’aate’ex in páaw!” she yells, jumping in the fight like one of the kids.

She bickers with her dogs, too -has always had lots of them, all malixes (muts), to whom she gives strange names: one who goes wild in heat is “Tart”; another, soskil (Bristle) for the way his hair stands straight up; another xníich' (Smiley) for showing his teeth; there’s “tasteless beans” a timid dog who doesn’t bark; “Froth” a mutt-Pekinese mix; and k’aasfino (neither fish nor fowl).

But since she doesn’t have the means to feed all these animals, the dogs steal food from the neighborhood. A few months ago, fed up with all the thieving, someone threw poisoned meat at the dogs. By morning, several dogs were dead. At first, they seemed to be sleeping, but as their sleep dragged on, the dogs reminded Doña Caridad of her son, Placido, and she scolded them, saying:

“I’ve had it with you lazybones. Pick yourselves up! the sun’s already high- Ma’ in k’áat u yaabak in waalo’ob jooykepo’ob, ¡líik’ene’ex!, ts’o’ok u chúunk’intaj.

But, poking their sleeping bodies with her cane, she found them stiff.

“Ay my poor dogs, who did this to you, who did this to me?- ¡Ay, in óotsil peek’o’ob, máax tu béetajte’ex loob, máax tu béetikten loob, ay!, she cried inconsolably. One of the dogs pulled through, however, and soon the house was again filled with animals.

Yes, full she was, the old lady, of animals and years. The day she turned 70, she got out of her hammock, took down the machete from the house beam, cut a broom handle as tall as her legs and, trying out a few steps, announced:

“U chowakil in k’ab, in wook che’, in xóolte’, in wéet xíimbal, u nu’ukul in meyaj. “Extension of my hand, my wooden leg, my cane, my walking companion, my instrument!”

Then with a deep sigh, she proclaimed:

Ts’o’ok u k’uchul u k’iinil u jóok’ol máak u k’áat máatan, bey u beelil tuláakal óotsil máak. The time has come to go out begging; such is the fate of the old and poor.”

From then on she developed a peculiar relationship with that cane, as though it were a person: she’d speak to it tenderly, accuse it, insult it, toss it out then retrieve it, but it was always by her side.

“It’s mine, all mine- doesn’t run off like that dead husband of mine, who kept disappearing on me ‘til the day he up and died.”

The old woman, who never liked her name, Charity, liked her last names- Tah (very) and Otzil (poor) - even less, which is why when she was young, she preferred being called “Caro” (expensive). But now, as a beggar, she uses her name every time she puts out her hand, imploring in Spanish which she rarely uses:

–¡Una santa caridad, por el amor de Dios! Blessed charity, for the love of God!

In return for some change, she’ll thank people this way:

–Que Dios te lo pague, chulita. May God repay you, precious.

But to those who give nothing, she’ll say in Maya:

¡Xts’u’ut kiis! You’re even too stingy to fart-

Her most generous donors are patrons in the bars. Afternoons, Doña Caridad visits all the bars in town, one by one. Even the poorest drunks will take pity on her, paying their respects to the old lady:

–¡Here you are, Chichí (Grandma)!” – and in front of his buddies, one will give her a bill, emptying his pockets though it means not a penny left for his family.

When the time comes for a town’s patron saint festival, Doña Caridad goes on a pilgrimage. She begins her collecting as she climbs onto the bus; the driver won’t charge her. Starting at the back of the car, she’ll move up the aisle, asking for donations ‘til she gets to the driver.

Once she’s in town, she’ll take shelter under the colonnade of the Municipal Palace, after first stepping into a cool dark church to light a candle to the patron saint and to ask for protection. On leaving the church, she’ll look for a shady spot and set to work. People give her all kinds of things. From her spot, she can contemplate the plaza, watching the passersby and dozing off from time to time without letting go of her bag. Afternoons, she changes places: she’ll go to the bullring, taking in the show as she begs. At night, she goes to the dances- she wouldn’t miss one!

“Kex chéen in wich ku yóok’otnak - Even if it’s just my eyes that do the dancing” she says wistfully.

On her return, Doña Caridad allows herself no days off. She puts her small earnings away in a horcon (a hole in a wooden post of the house). “Utia’al le k’iine’ ken k’abéetchajke, For a rainy day”, she says, hiding the bundle from her son Placido, and from the grandchildren, and she takes to the streets again.

Nowadays, with over 80 years to her credit, Doña Caridad plies the street no more. Each morning, her grandchildren take her out front and set her on a stone, and as people pass by, the old woman calls to them, reaching out her hand. If they approach, she’ll take up their hands and read them their future:

Tu’ux ken a jeets’ a k’abe’ te kun taaltech ya’abkach utsil ba’al: tu ts’íik a k’abe’: plata, tu no’ojil a k’abe’: oro. - Wherever you put your hand, you’ll find profit: in the left one, silver, in the right one, gold,” she’ll say.

And in recognition of this good news, people will give her "little change", because, as the old saying goes, the words of the elderly, be they blessings or curses, come true.
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Chichi’: abuela, anciana.
Chulita: palabra de afecto: preciosa, linda, buena persona.
Horcón: uno de los pilares de madera de las casas de paja.
Huaya: árbol y fruto del wayum.
K’abax: sancocho, cocido a la ligera.
K’aasfino: voz híbrida: semifino.
Malix: corriente, vulgar.
Mayera: hablante del maya.
Mestiza: quien porta el traje regional yucateco de forma cotidiana.
Pich’: pájaro zanate.
Soskil: fibra de henequén.
Xníich’: sonriente.

[1] Charity
[2] Maya-speaker

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BREVE NOTA EN ESPAÑOL: El cuento anterior fue escrito por la autora maya Ana Patricia Martínez Huchim y publicado por primera ocasión en la revista K'aaylay, El Canto de la Memoria, no. 23. La traducción es de la profesora estadounidense Anne Whiteside, quien la publicó primero en su blog "Anne's Dispatches from Valladolid". Todos los derechos de autor van hacia estas dos personas. Espero disfruten del relato, al igual que yo.

9 jun 2010

Una Mirada Crítica a las Universidades Indígenas e Interculturales


Llanes Ortiz, Genner de J. (2009). Mirada crítica sobre la participación, el conocimiento y el diálogo en las Universidades Indígenas e Interculturales. Revista Aquí Estamos, Año 6, no. 10, enero-junio de 2009 

Este artículo lo escribí hace cerca de un año y a través de él pude participar en conversaciones muy interesantes con otros compañeros y compañeras, profesionistas indígenas de Oaxaca, Chiapas y Veracruz en el marco de la publicación de la revista de divulgación "Aquí Estamos". La revista es un proyecto a través del cuál el Programa Internacional de Becas de Posgrado para Indígenas (coordinado en México por el CIESAS) promueve la divulgación del conocimiento adquirido y producido por aquellas personas que se han beneficiado al recibir la beca -como quien ésto escribe.A manera de introducción, incluyo aquí el párrafo que abre la reflexión acerca de las formas y los objetivos que han caracterizado la construcción de propuestas de educación superior para indígenas en nuestro país durante los últimos 10 años.
En este ensayo, comparto una serie de reflexiones acerca de los esfuerzos de construcción de propuestas de educación superior para los pueblos indígenas que en los últimos años se han articulado en América Latina, particularmente en México. A partir de la identificación de sus aportes, limitaciones y desafíos, intentaré formular una serie de reflexiones que contribuyan a la construcción de la interculturalidad. En este análisis me baso en conceptos e ideas reunidos a lo largo de mi experiencia profesional y académica; por una parte, como promotor de modelos educativos interculturales orientados hacia adultos indígenas, pero también como estudioso crítico de estos mismos modelos y de las propuestas educativas surgidas a partir de la acción de los movimientos indígenas y de la respuesta del Estado a sus demandas.
El artículo se puede descargar directamente desde aquí.

La revista incluye otros artículos igualmente interesantes de Miqueas Sánchez Gómez, María Elena Ballinas Méndez, Rafael Cardoso Jiménez, y Ascensión Sarmiento Santiago, así como una entrevista a Sylvie Didou.

La revista completa la pueden descargar aquí.
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ENGLISH QUICK NOTE: The previous post in Spanish introduces an article that I wrote nearly a year ago to participate in a collective publication of Indigenous scholars and professionals. This article was published in the magazine "Aquí Estamos" (Here We Are), which is part of a larger project promoted in Mexico by the Ford Foundation's International Fellowship Program, and that is coordinated by CIESAS. My contribution addresses what I consider to be very important questions with regard to participation, knowledge and dialogue within the so-called Indigenous and Intercultural Universities. Other similarly interesting articles in this magazine's issue are concerned with Indigenous education in Mexico. If you can read Spanish, and are interested in reading my article, you can download it from here.