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11 sept 2011

Desmitificando el "sacrificio humano" entre los mayas (2da. parte)

Siguiendo por correo electrónico mi conversación con la Dra. Elizabeth Graham, ella me expone con mayor detalle su crítica a la idea del "sacrificio humano" para explicar la ejecución pública de individuos entre los mayas y los aztecas. Entre otras cosas, me indica que sus argumentos se presentan de forma más extensa en un libro suyo de reciente aparición Los Mayas Cristianos y Sus Iglesias en el Siglo XVI en Belice”.

En el capítulo segundo, me dice, la línea argumental que utiliza es la siguiente: Explico (usando el maravilloso trabajo de los estudiosos Sergio Quezada y Tsubasa Okoshi, así como Simon Martin y Nikolai Grube sobre las ciudades-estado) que los territorios [mayas] no estaban 'delimitados'. La riqueza era acumulada a través del acceso al tributo, no al territorio. Las guerras se peleaban (como en todo el mundo) de forma que la gente pudiera incrementar su riqueza y su poder. Pero la forma de apropiarse de la riqueza (mi teoría) era que las élites tenían que capturar a otras élites en combate, y cuando alguien era capturado, el cautivo perdía por lo tanto sus derechos al tributo en favor de su captor. Probablemente había muchas negociaciones, y en la mayoría de los casos, las personas no eran ejecutadas. Pero cuando sí eran ejecutadas (los registros nos dicen que en los templos), ésta era una CONTINUACIÓN DE LA GUERRA y así es como se justificaba entre los mayas y entre los aztecas. Los hombres no morían en el fragor de la pelea en el campo de batalla. Esa es una convención europea. Los hombres que eran capturados morían después al ser ejecutados en algún lugar de la comunidad maya, posiblemente un templo o un lugar sagrado. La información contenida en las estelas indica que su muerte era por decapitación (una práctica muy inglesa también). No existen palabras en los idiomas mayas o en el náhuatl para “sacrificio” o “sacrificio humano”. Por lo tanto, el concepto no existía. Los hombres eran ejecutados y la razón principal era la guerra. […]” (En el párrafo anterior, así como en los que siguen a continuación, las mayúsculas, negritas, cursivas y subrayados son míos).

En efecto, en los textos epigráficos mayas los términos que se utilizan para describir estos eventos (de acuerdo con estudiosos como David Stuart) son: decapitar (ch’ak baah) y arrojar (yal). Éste último verbo supuestamente describe la acción que se efectuaba con las cabezas de los ejecutados, las cuáles eran despeñadas desde arriba de los templos sobre las escalinatas. De ninguno de estos verbos se puede inferir directamente que estas acciones tengan relación con una supuesta “ofrenda a los dioses”.
A un comentario mío sobre el hecho de que estas ejecuciones tendrían, de todas formas, que verse como formas rituales muy elaboradas, ella me responde: “Utilizas la expresión “altamente ritualizados” pero yo pienso que, de hecho, lo “ritual” depende del cristal con que se mire. Estamos tan acostumbrados a las formas occidentales de combate, que les atribuimos un carácter práctico más que ritual – pero la guerra es una forma ritual en todas partes. La guerra es una forma de matar socialmente aceptada, y la matanza puede ocurrir donde sea. Lo más extraño es que aceptamos la muerte en una guerra como algo legítimo. En cierta forma, el concepto de “guerra” en sí mismo es lo que representa el ritual. Estamos tan habituados a él, que no lo analizamos de esta manera.”

Ejecución de T. Armstrong (detalle)
En otro artículo escrito por esta misma investigadora acerca del “sacrificio humano” entre los aztecas, presenta de nuevo su crítica al hecho de que se le otorgue un excesivo sentido religioso a estas prácticas y nos dice: “[T]oda sociedad explica las guerras, de una forma u otra, invocando a Dios, o a algún concepto abstracto como la verdad o la justicia, aún cuando la guerra implique una ganancia económica, la cual casi siempre se logra. La guerra en Irak fue justificada por los estadounidenses como una lucha contra el Eje del Mal. Las guerras coloniales inglesas se lucharon en nombre de Dios y de la reina. Pero, ¿qué fue lo que se ganó con estas guerras? Recursos como el oro, riqueza y poder.”

A la idea de Dios, la verdad, o la justicia, podríamos agregar la de “la soberanía absoluta del monarca”, y con estos lentes voltear hacia las ejecuciones relacionadas con “alta traición” en Europa. De nuevo, el ejemplo más gráfico nos lo da el Reino Unido en la imagen de la ejecución de Thomas Armstrong en 1684, acusado de intentar asesinar a Carlos II de Inglaterra y su hermano, también por “motivos religiosos” (ver detalle arriba, cortesía de Wikipedia).

Para cerrar esta reflexión, es de esperarse que esta re-interpretación del “sacrificio humano” generará polémica, así como un fuerte debate, entre arqueólogos, epigrafistas y mayistas, en general. Por mi parte, espero pronto tener la oportunidad de leer el libro de Elizabeth Graham, y así formarme una opinión sobre la solidez de sus argumentos.

Sin embargo, lo que me parece importante de este nuevo enfoque es que nos puede ayudar a entender a los mayas y a los aztecas de una manera distinta. Ya no como los supersticiosos salvajes obsesionados con la satisfacción de las caprichosas demandas de sus dioses, sino como sociedades políticas organizadas a partir de la lógica de conquista y expansión igual que cualquier otra civilización en el mundo, incluyendo desde luego a las muy cristianas y pías monarquías europeas.
Decapitación, Chichén Itzá. Dibujo de L. Schele; cortesía FAMSI
Decapitación de Carlos I de Inglaterra, 1649 (detalle)
Arqueólogos e historiadores nos han enseñado a ver a los mayas y a los aztecas como civilizaciones de grandes logros, pero también de gran violencia. El prejuicio eurocéntrico, sin embargo, nos presenta a estos pueblos como civilizaciones decadentes, incapaces de superar el inferior estadio ideológico del “sacrificio humano” por motivos religiosos. Lo que la Dra. Graham nos propone es mirar estos ritos con ojos desprejuiciados y entenderlos por lo que tienen en común con el ritualismo militar de otros pueblos y naciones del mundo, tanto los de la antiguedad como los de la era moderna. Y así verlos como lo que probablemente son: ejecuciones públicas de los enemigos y rivales del “soberano”; propaganda militarista que se justifica en base a una interpretación “religiosa”, “filosófica”, a final de cuentas profundamente política, que propaga la ideología del poder imbatible del linaje, o la clase gobernante. En este sentido, nótese como las escenas de decapitación maya e inglesa, de las imágenes anteriores, parecieran ilustraciones de “ceremonias” fundamentalmente idénticas.

Visto de esa manera pareciera que pocas “civilizaciones” en el mundo han superado la “etapa primitiva” del “sacrificio humano” (ciertamente, en el Reino Unido, la sanguinaria costumbre de “colgar, eviscerar y descuartizar” a los culpables de “alta traición” solamente se volvió obsoleta hacia 1870, y formalmente se abolió unicamente hasta 1998), a pesar de los discursos en boga que hablan de “guerras humanitarias”, “bombardeos inteligentes”, o “ejecuciones selectivas”.

4 sept 2011

Desmitificando el “sacrificio humano” entre los mayas (1ra. parte)

Una de las imágenes más arraigadas en el imaginario de los europeos y las élites mestizas acerca de las culturas originarias de América es la de la práctica generalizada de los “sacrificios humanos”. Aunque en un principio su existencia fue puesta en tela de juicio, hoy día existe un amplio consenso entre los estudiosos de la América precolombina acerca de la presencia de estas "inmolaciones". Los debates se centran ahora en la importancia que esta práctica supuestamente tenía en el pensamiento religioso y político de sociedades amerindias, como la de los aztecas y los mayas. La centralidad de los “sacrificios humanos” es ofrecida en ocasiones como prueba de lo supersticiosas que eran estas sociedades y de lo poco que valoraban la vida humana, en oposición a las prácticas y creencias más devotas del cristianismo europeo medieval.

La presunción de que entre los aztecas y los mayas existió la noción del “sacrificio humano” se basa en la interpretación del asesinato de individuos en los templos como una forma de “aplacar la ira de los dioses” para “mantener el orden cósmico”. Sin embargo, la arqueóloga británica Elizabeth Graham rechaza la idea del “sacrificio” para explicar estas prácticas, y a partir de su trabajo de investigación ha tratado de demostrar que el homicidio público de individuos cumplía fundamentalmente una función político-militar, tanto entre los mayas como entre los aztecas. Una muestra de su trabajo es el artículo de divulgación que abajo traduzco con su autorización. El texto en cursivas y en negritas ha sido resaltado por mí.

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La sustancia vital de los mayas

Traducción del artículo “Lifeblood of the Maya” de Elizabeth Graham, publicado el 9 de noviembre de 2010 en el suplemento “The Ancient World”, del periódico The Guardian, en coordinación con El Museo Británico.

Detalle de mural de Bonampak
En general, sabemos mucho más acerca de las clases altas en la sociedad maya antigua que de los ciudadanos comunes. Esto es debido a que los gobernantes y los nobles dejaron registrados a su paso pinturas en cerámica y monumentos tallados en piedra que describen e ilustran aspectos de la vida cortesana así como de sus relaciones con la gente de otras ciudades y pueblos. Sabemos, por ejemplo, que las danzas rituales fueron muy importantes ya que hombres y mujeres de alto rango aparecen frecuentemente danzando en escenas cortesanas.

Los gobernantes también son representados en el acto de sacarse sangre – el llamado “auto-sacrificio”. Estos se muestran pinchándose partes del cuerpo con un objeto punzante de obsidiana (un cristal volcánico oscuro) o a veces con la espina de una raya o un espino vegetal, y dejando que la sangre salpique y sea absorbida por pedazos de papel depositados en un tazón o canasta. El contenido de estos recipientes sería posteriormente quemado. A veces, los hombres se pinchaban el lóbulo de la oreja, el dedo, o el pene, mientras que las mujeres se pinchaban la lengua.

Sacrificio

Por lo que sabemos, solamente los gobernantes y sus familias llevaban a cabo el “auto-sacrificio”. El sangrado era un ritual que se realizaba por el bienestar público, presuntamente como ofrenda a los dioses. Las inscripciones en los monumentos de piedra llamados estelas, que se hacían erigir en las plazas y enfrente de los templos, también nos dicen que los gobernantes mayas y sus seguidores hacían la guerra.

Sin embargo, los cautivos de guerra que aparecen en estas estelas o en la cerámica no eran gente del pueblo – contrario a lo que Mel Gibson nos muestra en su película Apocalypto. En realidad, estos personajes pertenecen a la nobleza. Al igual que en la Inglaterra medieval, las guerras eran ocupación de los reyes y los señores feudales, y se peleaba para ganar poder, prestigio y riqueza. Morir en el campo de batalla no era el objetivo de las guerras. Por el contrario, lo que se intentaba era capturar a los nobles y gobernantes de alto rango de las ciudades rivales. Al verse sojuzgados, los prisioneros eran incapaces de impedir que sus derechos y privilegios pasaran a manos de sus captores. De esta forma, la riqueza y el poder de unos pasaban a manos de otros.

¿Qué les ocurría a los prisioneros? Los registros jeroglíficos nos enseñan que generalmente se convertían en vasallos del gobernante que los capturaba. En otros casos, quizás hayan sido ejecutados en un templo, lo que se ha llamado comúnmente “sacrificio humano”. El problema con el término “sacrificio” es que los prisioneros eran guerreros cuya muerte pareciera estar justificada por los mayas como parte de la guerra. De hecho, no existe ningún término en las lenguas mayenses equivalente a “sacrificio humano”.

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De primera intención pareciera difícil entender por qué la arqueóloga Graham rechaza el término “sacrificio” para referirse a estas ejecuciones. La clave está en la definición que esta palabra tiene, tanto en inglés como en español. En ambos idiomas, el principal significado atribuido a “sacrificio” es “acto de ofrecer algo a una deidad en propiciación u homenaje, especialmente la matanza ritual de un animal o una persona”. De acuerdo con Graham, si aceptamos la idea de que los mayas, y los aztecas “extraían corazones” simplemente para “congraciarse con sus dioses”, estaríamos exotizando y atribuyéndole un sentido eminentemente religioso a una práctica que probablemente no lo tenía. Los europeos, y otros muchos pueblos en el mundo, también tenían por costumbre ejecutar públicamente a los representantes de los linajes a los que conquistaban y sojuzgaban, como se muestra en el detalle de la ejecución de los nobles escoceses que pretendían re-instaurar a la Casa de Estuardo en contra de la Casa de Hannover en la Inglaterra del siglo XVIII.

Decapitación de líderes de la rebelión jacobina, 1746 (Tomado de Wikipedia)


Entonces, ¿por qué a estas matanzas públicas no se les da el calificativo de "sacrificios humanos"? En la segunda parte de esta conversación, abundaré un poco más en las bases para la crítica acerca de la idea de los "sacrificios humanos" de esta estudiosa de la arqueología y la historia mayas.

1 jun 2011

Aprendizaje experto: ideas frescas sobre la educación maya prehispánica

En la tercera edición de su libro “Tradiciones educativas no-occidentales: enfoquesindígenas sobre el pensamiento y la práctica educativos”, el educador y lingüista estadounidense Timothy G. Reagan nos ofrece una visión más actualizada de este aspecto de la sociedad maya antigua, inspirada en los más recientes hallazgos de la arqueología y el estudio comparado de la literatura prehispánica y colonial.

    De manera significativa, Reagan reconoce que no existe hasta ahora evidencia de que la educación entre los mayas prehispánicos se llevara a cabo en “escuelas”, como las que supuestamente existieron entre los aztecas, llamadas calmécac y telpochcalli. Lo que sí es evidente, dadas “la presencia de una literatura escrita altamente compleja, producida por escribas, así como la clara existencia de conocimientos arquitectónicos, ingenieriles, matemáticos y astronómicos, por no mencionar las que fueron evidentemente prácticas religiosas altamente ritualizadas” (94) es que sí existía una educación formal dirigida hacia ciertos individuos pertenecientes a determinadas clases sociales.

    Basándose en el trabajo del arqueólogo Robert Sharer, Reagan nos dice que ciertos niños eran seleccionados en base a sus aptitudes o posición social para ser educados en el desempeño de roles especializados. La forma en que esto ocurría era a través de la adopción de estos niños y jóvenes como aprendices por parte de los especialistas mayas. De esta forma, escribas, sacerdotes, constructores, canteros, escultores, pintores, alfareros, entre otros expertos, reclutaban novatos para entrenarlos en el oficio.

Photo by Carol Blyberg (CC)
    Siguiendo a Ana Luisa Izquierdo, Reagan subraya que la educación maya prehispánica era de un carácter profundamente religioso. En este punto específico, me parece que Reagan, al igual que Izquierdo, tiende a esencializar a los mayas prehispánicos, sobre todo al afirmar que logros tales como el alto conocimiento, la integración social o el éxito personal eran solamente reconocidos cuando éstos apuntaban al cumplimiento de su misión intrínseca, la de rendir culto a la divinidad, y que todas las actividades cotidianas del “hombre maya” tenían por tanto una orientación religiosa. A mi parecer, resulta difícil saber hasta qué punto los aspectos sacros en los procesos de instrucción y aprendizaje entre los mayas tuvieron más peso que consideraciones prácticas, estéticas, o incluso, hedonísticas.

    Existe por otra parte evidencia de que la crianza y educación infantil seguirían, de acuerdo con Reagan, una orientación socialmente conservadora, al promover la conformidad del individuo con los valores de la sociedad y la aceptación del papel que cada persona tenía asignado en ella. Sobre esto nos dice que: “La costumbre y la religión gobernaban virtualmente todos los aspectos del ciclo de vida de un individuo, y tanto la educación formal como la informal no eran la excepción” (94-95).

    Reagan considera que la tradición se preservaba a través de mecanismos de aprendizaje basados en la transmisión oral. De esta manera, los mayas transmitirían y se apropiarían de conceptos, ideas y valores por medio de la memorización de las palabras que contenían estos elementos. Reagan reconoce que si bien este método tiene muchas ventajas, restringiría el desarrollo de lo que hoy llamaríamos “pensamiento crítico” y la creatividad, una afirmación que me parece (a la luz del trabajo de otros antropólogos como Jean Lave, Tim Ingold, y Trevor Marchand) que tendría que ser reconsiderada. Sobre este aspecto en particular espero poder escribir con más detalle en una futura entrada de este blog.

    Reagan también discute la epistemología y la implícita teoría del aprendizaje maya. Su propuesta al respecto se basa en la historia narrada en el Popol Vuh, según la cual los primeros hombres y mujeres de la creación tenían todos los atributos y poderes de los dioses.
“Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista, alcanzaron a ver, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo. Cuando miraban, al instante veían a su alrededor y contemplaban en torno a ellos la bóveda del cielo y la faz redonda de la tierra. Las cosas ocultas [por la distancia] las veían todas, sin tener primero que moverse; en seguida veían el mundo y asimismo desde el lugar donde estaban lo veían.”
    Pero los dioses no estaban contentos con esta condición humana y decidieron nublar la capacidad de los primeros hombres y mujeres para ver y conocer el mundo. 
“Entonces el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de un espejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que estaba cerca, sólo esto era claro para ellos.”
    Reagan subraya la extraordinaria similitud entre esta metáfora acerca de la limitada capacidad de conocimiento de los seres humanos en la mitología maya, con el mito bíblico de la Torre de Babel, así como la teoría del conocimiento expuesta por Platón en el mito de la caverna.

    Para mí, lo más importante en este breve capítulo de un libro que aspira a hacer notar la valiosa diversidad de aproximaciones a la educación y el aprendizaje que existieron y aún existen en el mundo, es que en éste se destacan dos elementos sumamente cruciales para entender la transmisión de conocimientos entre los mayas: 1) las relaciones especialista-aprendiz como un principio educativo central de múltiples procesos de aprendizaje en la práctica, así como 2) la metáfora propuesta en el relato mito-histórico que vincula la observación con la capacidad de conocer.

Reagan, Timothy G. (2005). Non-Western educational traditions: Indigenous approaches to educational thought and practice. 3rd. Edition; London : Lawrence Erlbaum Associates.

3 jul 2010

Del "Paseo" monocultural a la ciudad intercultural


En mis anteriores artículos he expuesto la manera en que la erección del monumento a los Montejo en el llamado “remate” de la avenida o Paseo que lleva su nombre perpetúa de manera simbólica la discriminación hacia los mayas de Yucatán, y además consagra una versión histórica distorsionada y monoculturalista acerca de la “fundación” de Mérida, la de Yucatán.


Mercado Jo'-Mérida (CC) Hotel MedioMundo via Flickr.
Hasta aquí he usado el término “monoculturalismo” adaptándolo e interpretándolo en relación con esta situación específica pero sus alcances van más allá de la representación de “héroes”, o la rendición de “homenajes”, como se puede apreciar en esta definición de Rodolfo Stavenhagen. En ella, se aprecia que el monoculturalismo tiene mucho que ver con la dominación colonial, como he venido exponiendo, hasta ahora. A veces, sin embargo, y en respuesta a la forma grosera, burda e insultante como se nos impone este monoculturalismo colonialista se tiende a dar respuesta a éste con una postura que podría ser interpretada también como monoculturalista.
Creo que así fue como los gobiernos pos-revolucionarios y anti-“casta divina” de los años 30’s reaccionaron en su momento cuando decidieron cambiar el nombre al Paseo y llamarlo “Nachi Cocom”. El monoculturalismo hispanista nos cuenta que se trató de una imposición del monoculturalismo indigenista, imposición a la que “la auténtica ciudadanía meridana” reaccionó de manera clandestina y violenta, un hecho que sin empacho festeja el cronista Peón Ancona. Su crítica a esta imposición no le ha impedido, a su manera y en sus tiempos, promover también la imposición de una versión parcial y selectiva de la historia peninsular que pretende homenajear a los Montejo como los únicos e indiscutibles “fundadores” de Mérida.

Aquí hay que abundar en otras tergiversaciones que torpemente enarbola el cronista Peón para justificar esta imposición. Nos dice, por una parte, que se trata de pagar la deuda histórica que se tenía con los hacendados henequeneros que patrocinaron la construcción del Paseo, y que siempre quisieron ver construido el monumento a los Montejo. Se trata de “cumplir” una promesa de más de 100 años que hiciera el gobernador de la dictadura porfirista Guillermo Palomino. Este anacronismo reta cualquier esfuerzo de lógica política e histórica. Es como si las promesas hechas por los subalternos de los dictadores Franco, Batista, Somoza, Stalin, Ceaucescu, y tantos otros que han sido desplazados del poder por movimientos revolucionarios y democráticos, tuvieran súbitamente que cumplirse al pie de la letra.


Y si se tenía una “deuda histórica” que pagar a los hacendados que financiaron económicamente el Paseo, ¿qué hay de la deuda a los peones y sirvientes semi-esclavos de las haciendas, que fueron los que produjeron la riqueza con la que se pagó el Paseo? Recientemente, descendientes de esclavos en EE.UU. han demandado a las compañías cuyos recursos provienen de la venta y explotación de sus antepasados en el siglo XIX. Si la “deuda histórica” con los hacendados puede “cobrarse” con un monumento, ¿cómo la cobraremos los descendientes de los peones de las haciendas?
Otra de las justificaciones ilógicas (y por falsa, mal intencionada) que nos quiere vender el cronista es que “las naciones cultas y maduras” han erigido estatuas a sus conquistadores. Y cita los ejemplos de España, Francia, Inglaterra y Alemania. (El ejemplo que expone acerca de Alejandría, en Egipto, es no sólo anacrónico sino irrelevante para su propio argumento ya que esta ciudad ha sido conquistada innumerables veces después de Alejandro Magno, por los romanos, los persas, los franceses, y finalmente por los árabes que ahora la llaman Iskandariyya). Acerca de Alemania, no puedo aportar ningún dato. No conozco ningún monumento en Londres que conmemore o rinda homenaje a Septimio Severo, el "conquistador" de Britannia; la única estatua romana de un emperador que haya visto es la de Trajano que está cerca de la llamada “muralla de Londres” a ras del suelo y escondida en uno de los más recónditos pasajes de la estación del metro Tower Hill. París debe su nombre, no a los “conquistadores” romanos, sino a la tribu “indígena” gala de los Parisii. No conozco ninguna estatua dedicada a los conquistadores romanos de Francia en París, más que las que están en el museo de Louvre. Y por lo que respecta a España y los llamados "moros", estoy aún a la espera de que alguien me diga en dónde se localizan las estatuas dedicadas a Musa ibn Nusair, Táriq ibn Ziyad y Abd al-Aziz ibn Musa, las figuras más destacadas de la “invasión” y colonización musulmana de España. Esta justificación mentirosa de Peón es además insultante, ya que implica que si los mexicanos no erigimos monumentos a nuestros "conquistadores", esto quiere decir que no somos “cultos” ni “maduros”.
Otra de las endebles justificaciones para la erección de las estatuas montejanas es que era una contradicción que el Paseo careciera de un “debido homenaje” a quienes “le han dado nombre”. Bajo esa lógica también debiéramos erigir un monumento a Fidel Velázquez en la avenida que lleva su nombre. Sin embargo, y como reacción a las críticas que se han hecho, ahora los promotores de las estatuas nos dicen (como si se tratara de un juego de niños): “yo ya puse mi estatua, ahora pon tú la tuya”. Esto nos regresa al viejo juego de vencidas: a ver quién puede más, Montejo o Nachi Cocom.
Aquí se muestra, una vez más, la falta de “madurez histórica” del monoculturalismo hispanista que estriba en no saber (o más bien en no querer) reconocer la compleja, rica sí, pero a la vez dolorosa y festiva, explosiva y negociadora, conflictiva y adaptativa historia de nuestra región. Una historia que se revela al analizarla sin tener los lentes monoculturalistas puestos.

El riesgo, me parece, es responder al monoculturalismo hispanista con otro monoculturalismo indigenista, y dejar pasar así la oportunidad de replantear, de verdad revolucionar, nuestra manera de entender nuestra rica historia e identidad como yucatecos y yucatecas. La historia de Mérida-Tihó nos muestra que a pesar de ser imaginada como bastión del poder colonial europeo, desde muy temprano fue también una ciudad indígena y con el tiempo albergaría a una gran diversidad de grupos culturales. No sólo “los mayas” se volvieron habitantes de la “ciudad blanca” sino también otros indígenas del centro de México y los esclavos traídos de África. Con el tiempo, Mérida-Tihó (y el estado de Yucatán en su conjunto) se ha convertido en hogar y refugio de infinidad de comunidades y grupos culturales quienes han impactado y definido la vida política, artística y cultural de la región. Ahí están, por ejemplo, los yaquis, los coreanos, los chinos, los catalanes, los cubanos, los libaneses, y más recientemente, los llamados “huaches” y los estadounidenses.
Por lo tanto, mi propuesta es alejarnos de las narrativas monoculturalistas y avanzar juntos hacia una visión de Mérida-Tihó como ciudad intercultural. Esto no significa dejar de reconocer y denunciar que la contribución, la cultura, la lengua y los derechos políticos y sociales de los mayas en la capital (y en todo el Estado de Yucatán) siguen siendo sistemáticamente negados, invisibilizados, y conculcados en los albores del siglo XXI, como ya lo ha documentado el equipo Indignación.
En efecto, si bien es cierto que Mérida-Tihó es un espacio urbano multicultural, también lo es que cerca del 42.8% de su población era lingüística y culturalmente maya en 2000, de acuerdo con estimaciones de CONAPO. Esta presencia maya es, sin embargo, ignorada en el frenético transcurrir de la vida económica, política y cultural de la ciudad, como reconocía en 2005 el Dr. Luis Ramírez Carrillo al afirmar:
“Somos pues, una sociedad y una ciudad bicultural y bilingüe, aunque vivimos como si fuéramos una sola cultura. Y ocultamos las raíces mayas o las disfrazamos para el turismo, así como los problemas sociales de los mayas urbanos.”
Aquí insistiré, una vez más, en que esto se debe a la forma en que hemos leído y decidido representar la historia de Mérida-Tihó. Por lo tanto, (a pesar de no ser yo mismo aj Jo’, o “meridano”) me atrevo a sugerir que tomemos lo del monumento monoculturalista montejano como una oportunidad para:
a)      Iniciar una campaña de difusión, discusión y análisis de la historia de la ciudad. Pero de la historia que hacen los historiadores y los arqueólogos, la que se hace de manera científica, acudiendo a las fuentes originales, e incorporando críticamente al relato histórico TODAS las voces de TODOS los protagonistas de la historia.
b)      Que esta campaña sirva como base para iniciar una acción colectiva que demande el cambio del nombre del Paseo, de "Paseo de Montejo" a "Paseo de la Ciudad", o a "Paseo de Mérida-Tihó", o a "Paseo de Todas Las Meridanas y Todos Los Meridanos".
c)       Que el cambio de nombre también implique un rediseño de la monumentalidad del Paseo, que incorpore críticamente la riqueza, diversidad y complejidad de la historia de la ciudad, desde sus inicios en el siglo III a.C., pasando por su esplendor como Ichcaansihó en el siglo VII d.C., su etapa como Tihó en el periodo anterior a la llegada de los españoles, su reorganización como Mérida-Tihó, hasta llegar a la ciudad afrancesada del siglo XIX y la ciudad multicultural de nuestros días.
d)      Que la campaña también integre un componente que documente la discriminación, el racismo y las injusticias a las que son sometidos otros grupos sociales y culturales, como los mayas, los jóvenes urbanos, los homosexuales, los de religiones no cristianas (como los budistas), a quienes se les persigue, estigmatiza y discrimina en Mérida-Tihó.
Yo no soy aj Jo’ (meridano) sino como decía mi abuelo Justino un chan aj Kuuli’ (ticuleño) pero dada la gran influencia que los modos de vida e ideologías de esta provinciana metrópoli tienen sobre el resto de Yucatán, me atrevo a pensar que reconociendo la contribución multi- e intercultural de los distintos grupos que han hecho de Mérida-Tihó la gran ciudad que es, un mensaje muy importante se estaría dando a los otros enclaves de monoculturalismo, discriminación y racismo que existen en el resto del Estado, como Valladolid, Tekax, Tixméhuac, entre otros muchos que conozco personalmente.
Sin nombre (CC) Carl Shutoff via Flickr.
A pesar de identificarme principalmente con mi herencia cultural maya campesina (que es en la que me crié), soy consciente y me siento orgulloso de todas mis “herencias”: amerindia, europea, africana y asiática (las cuáles puedo identificar en los rasgos físicos y las historias de mis abuelos y bisabuelos).
Para concluir me gustaría pensar que hay un consenso básico entre varios de los actores sociales y políticos de la ciudad sobre la necesidad de generar un espacio urbano respetuoso de la diversidad y diferencias culturales de sus habitantes. En un reciente intento de unificar los esfuerzos de los distintos sectores sociales y productivos que conforman Mérida-Tihó, se formó una Fundación denominada Plan Estratégico de Mérida A.C. Dicha asociación generó a mediados de la década un interesantísimo documento denominado “Carta de los Derechos a la Ciudad de Mérida, la de Yucatán”. Uno de los derechos consagrados en este documento firmado, entre otros por el rector de la UADY, el del Tec, el secretario del FTY, la presidenta de la CANACO, el presidente de la CANAIRT, el de la Coparmex, entre muchos otros, es el derecho a la Identidad, que en uno de sus párrafos dice:
“El reconocimiento y promoción de la naturaleza pluricultural de la ciudad significa que, con el propósito de fortalecer la cultura de la diversidad y la tolerancia en el marco de la unidad, la acción de la autoridad y de sus instituciones debe realizarse sin hacer distinciones, ya que el desarrollo de la ciudad debe sustentarse en la pluralidad, entendida como convivencia pacífica, productiva, respetuosa y equitativa de lo diverso.” (énfasis mío)
Ojalá llegue el día en que todos los yucatecos y todas las yucatecas podamos apreciar y nos sintamos apreciados por nuestra contribución a la rica historia y diversidad cultural de la región. Ojalá la discriminación étnica, lingüística y cultural, que justifican la erección de estos monumentos al monoculturalismo sea algún día cosa del pasado.

1 jul 2010

Mitos y monumentos del monoculturalismo en Yucatán (2da. parte)

A la crítica lanzada por un amplio sector de la sociedad yucateca a la erección del monumento a los Montejo, por haber sido quienes (entre otras cosas) iniciaron la práctica de discriminación hacia los indígenas en Yucatán, algunas personas han respondido que lo que justifica este monumento es que se trata de honrar a los Montejo en tanto que “fundadores” de la ciudad de Mérida. La intención, se ha dicho, es sólo rendir tributo a quienes "dieron origen” a este asentamiento, futura capital de Yucatán. Estos “conquistadores”, se afirma, quizás fueron crueles y violentos, pero igual lo fueron “los mayas”. Se llama a reconocer que a pesar de lo violenta que fue la “conquista de los mayas” ésta fue, al mismo tiempo, “una epopeya” en la que "un puñado" de españoles se enfrentaron y “dominaron” a los “mayas hostiles” que se oponían a la creación de “la ciudad”.

Sin embargo, esta versión de la “fundación” de Mérida no es sino otro de los grandes mitos del monoculturalismo yucatanense, el mito de que debemos SOLAMENTE a los europeos la existencia de esta ciudad. Este mito corre paralelo al de que fueron los españoles los que conquistaron México, y que investigadores como el historiador mexicano Federico Naverrete han cuestionado mostrando cómo, en relación al centro y norte de México, fueron mayoritariamente indígenas los que realizaron la conquista.

Imagen tomada de Ligorred (2005).
T'Hó. La Mérida Ancestral.
En el caso de Yucatán, no fueron los Montejo los que dieron origen al asentamiento que luego se conocería como Mérida. Cientos de años antes, en estas mismas lajas, existió Ichcaansihó, la ciudad de los “nacidos de la faz del cielo, o de la serpiente”. Esta ciudad maya formaba un complejo sistema urbano (al que se integraban otros sitios como Xoclán, Dzoyilá, ChenHó, Dzibilchaltún y Kanasín) que competía en dimensiones e importancia con Izamal, Uxmal y Chichén Itzá, de acuerdo con el arqueólogo catalán, avecindado en Mérida, Joseph Ligorred Perramón. Desde hace más de una década el equipo de investigadores que lidera “Pepe Ligorred” en el Ayuntamiento de Mérida (y del que forman parte mis entrañables amigos y compadres Esteban De Vicente Chab y Nereyda Quiñones Loría) ha ido develando con cada vez más precisión las dimensiones y estructura que tenía la antigua Ichcaansihó, a la que ellos llaman la “Mérida ancestral”, y cuya etapa de mayor esplendor pudo haberse registrado en el siglo VIII. Cuando el parte armado de "El Mozo" llegó a estas lajas, la compleja organización social y política que regía sobre la zona, había aparentemente desaparecido (aunque nueva evidencia demuestra que no fue así como veremos más tarde). Sin embargo, de acuerdo a algunas crónicas, aproximadamente 1,000 personas vivían aún entre los edificios en ruinas de lo que alguna vez fue Ichcaansihó. Las primeras crónicas mayas de la época colonial se refieren a este asentamiento como Noh Cah Ti Hoo (el Gran Pueblo, o Ciudad de Tihó).

Tihó (también escrito T’Hó, T-Hó, y en el alfabeto maya moderno Ti Jo’) significa en maya “el lugar de los cinco”. Una de las interpretaciones que se le ha dado al nombre es que éste se refiere a cinco pirámides o templos que aún se mantenían en pie. Pero como veremos más adelante, historiadores contemporáneos con un serio trabajo de archivo y análisis de las fuentes (entre los que se cuentan Sergio Quezada, Matthew Restall y Tsubasa Okoshi) han cuestionado esta interpretación y ofrecido una nueva manera de entender la continuidad cultural e histórica del lugar que se conoce también como Mérida.

Cuando “El Adelantado”, “El Mozo” y sus huestes llegaron a Tihó llevaban ya más de 15 años tratando de “conquistar” la región a la que habían puesto por nombre “Yucatán”. Creyendo que la conquista iba a ser aquí tan rápida como la de Tenochtitlán y el centro de México, “El Adelantado” decidió crear, muy al principio, una “ciudad” que rindiera homenaje a su pueblo natal, Salamanca. Así que, recién desembarcado en 1527 en la costa oriente de la Península, funda Salamanca de Xel-há. Este poblado no duró más de un año debido a la hostilidad de los mayas orientales y las (para los europeos) inadecuadas condiciones de vida que el lugar les ofrecía. Los intentos de “rendir homenaje” a la ciudad natal del “Adelantado” fracasarían una y otra vez en los enclaves de Salamanca de Xaman-há (1528) – hoy Playa del Carmen –, Salamanca de Xicalango (1529), Salamanca de Acalán (1530), y Salamanca de Campeche (1531). Fracasados también fueron los intentos de fundar Villa Real de Chetumal (1531), Ciudad Real de Chichén Itzá (1533), y Dzilam (1534).

¿Cómo fue, entonces, que en su tercer intento por conquistar Yucatán lograron los Montejo finalmente “fundar” la ciudad de Mérida? La respuesta nos la ofrece parcialmente el historiador yucateco Sergio Quezada en su libro “Los pies de la república”. Él nos dice que en 1540, Montejo El Mozo desembarcó en Champotón procedente de Tabasco, y después de “fundar” San Francisco de Campeche:
“Los conquistadores continuaron su avance hacia el norte (...). Allá se enteraron de que Ah Kin Chuy, sacerdote del pueblo de Pebá, predicaba la guerra de exterminio contra los españoles, y estaba formando una coalición con Nachí Cocom, el halach uinic de Sotuta. El sobrino del adelantado, advertido por los mayas aliados, se adelantó al ataque y capturó al sacerdote. Este éxito militar alentó a los mayas amigos para continuar abasteciendo de víveres a los españoles; se sumaron a los que El Adelantado envió a su hijo, e hicieron posible que éste, a mediados de 1541 y con unos 300 soldados, avanzara hasta Tihó, en donde fundó la ciudad de Mérida el 6 de enero de 1542. Allí nombró el primer cabildo y repartió los pueblos en encomienda. (subrayados míos; p. 70)”
La ayuda prestada por ciertos “linajes” mayas a los españoles no es algo recién descubierto. Varios historiadores yucatecos antes de Quezada, ya habían reportado estos acercamientos. Para que no se diga que sólo nos basamos en una versión de la historia peninsular, citamos aquí de nuevo al historiador hispanista Jorge Rubio Mañé. Él nos cuenta que durante todo el año 1541 los Montejo avanzaron penosamente hacia el norte. Y que fueron los Xiu de Maní, a quienes él llama “los tlaxcaltecas de Yucatán” quienes se acercaron a ofrecerle su apoyo a los españoles. Fue así que éstos llegaron a Tihó donde decidieron establecer una vez más un poblado español al que, en lugar de llamar Salamanca, llamaron Mérida, ya que los templos que se conservaban les recordaron los vestigios de la antigua ciudad romana que es hoy capital de Extremadura, en España. Pero la ayuda de los Xiu no se limitó únicamente a facilitarles la llegada a los Montejo. Al respecto nos sigue contando Rubio Mañé:
“Sucedió que el 10 de junio de 1542, cuando aún contaba Mérida cinco meses de edad, fue sitiada por un numeroso ejército, inmenso, compuesto de las tribus más valerosas de la raza maya, los Cupules y Cochuahes del Oriente, comandados por el fiero y altivo cacique de Sotuta, Nachi Cocom. Venían con la intención de acabar con todo ser humano que no fuera de su raza. La lucha fue tremenda. En ambos lados se hizo derroche de heroísmo. Tutul Xiu con su gente de Maní, fiel a los españoles, había venido en auxilio de Montejo y para exterminar a su odiado enemigo, el señor de Sotuta, Nachi Cocom.(…) El resultado de la batalla fue desastroso para los sitiadores. Montejo obtuvo a grandes esfuerzos el triunfo y el hecho consolidó ya finalmente el dominio de los españoles sobre los mayas.” (énfasis agregado; 1943, pp. 11-12)
Como se observa, ambas interpretaciones históricas dejan bien claro no sólo que los mayas permitieron que los Montejo llegaran y se establecieran en Tihó, sino además, que les proveyeron alimentos y apoyo militar para que pudieran sobrevivir en este asentamiento. Es decir, sin los mayas aliados Mérida, la de Yucatán, no existiría.

¿Pero, quienes eran estos mayas aliados? ¿Por qué se habían hecho “amigos” de los españoles? ¿Y qué tan importante fue su papel en la “fundación” de Mérida?

Los Xiu no fueron los únicos “aliados” de los españoles. También lo fueron los Cheles de Dzilam y los Peches de Chicxulub quienes gobernaban amplias zonas de la región centro-norte de Yucatán (ver mapa). Las razones por las cuáles los Xiu, los Cheles y los Peches vieron en los Montejo, aliados confiables y leales, aún se siguen discutiendo (ver trabajos de Clendinnen y Okoshi). Es evidente, que entre los distintos “señoríos” o cuuchcabalob mayas (es decir, las comarcas político-territoriales entre las que se dividía el territorio peninsular) había rencillas y odios políticos añejos. Y que fue esta división, así como las decisiones (equivocadas, pero que demuestran la posición activa de los nativos respecto a la “conquista”) tomadas por estos linajes gobernantes las que hicieron posible la “colonización” de Yucatán, que como la historia de los siglos siguientes demuestra, nunca fue total. Pero lo que es evidente es que, por si solos los españoles nunca hubieran podido establecer su dominio colonial en la Península.

Un último punto a abordar respecto a la “fundación” de Mérida es el que nos propone Matthew Restall en el libro The Maya World: Yucatec culture and society, 1550-1850. Con base en un minucioso y crítico análisis histórico, Restall nos propone que la unidad social y política básica de los distintos “señoríos” mayas del siglo XVI era el cah, o pueblo, que se refiere no a la idea romántica alemana de "nación" sino a la de "poblado, comunidad". Restall trata de demostrar que las unidades políticas mayas más grandes se organizaban en combinaciones de cahob (plur. de cah) antes de la “conquista”… pero también después. Y es respecto a este punto que lo que él llama “Mérida-Tihó” aparece como uno de los mejores ejemplos de continuidad de la estructura social de los mayas.

Restall nos dice que el sitio de Tihó era ocupado por un complejo de cahob independientes aunque asociados y que en el centro se encontraban las ruinas de Ichcaansihó que aún eran usadas como centro ceremonial. Esta información abre la posibilidad de interpretar Tihó como “el lugar de los Cinco Pueblos”. La substitución del centro ceremonial de Ichcaansihó por la traza española que se nombró Mérida, de acuerdo a los datos que reporta Restall, puede verse como una “cierta continuidad semiótica al tiempo que geográfica de la distribución urbana”. Pero lo más importante que señala es lo siguiente:
“Los cinco cahob de Tihó continuaron funcionando como comunidades mayas, desde sus batabob [mal llamados “caciques”] hasta las estructuras de sus plazas centrales, aunque solamente estaban a unos cuantos pasos de la plaza mayor de Mérida y eran consideradas por los españoles como los barrios de su ciudad” (mi comentario entre corchetes, p. 31)
Estos cinco barrios son los que conocemos como Santiago, Santa Ana, La Mejorada, San Cristóbal y San Sebastián. Para finalizar con el análisis de Restall, me permito citar una vez más las conclusiones a las que llega después de examinar más de 200 actas notariales escritas en maya:
“A pesar de la inevitable intrusión del mundo español en los cahob-barrios, es importante subrayar la sobrevivencia de la organización e identidad del cah hasta el final mismo del periodo colonial” (p. 36)
Cualquiera que conozca la lengua maya y que haya platicado en esta lengua con personas provenientes del interior del Estado sabe que, hasta la fecha, éstas se refieren a Mérida como Tihó, o simplemente como Jo’ (en la nueva ortografía maya). El punto aquí es que Mérida es Tihó, Tihó es Mérida, y ambas son una continuidad de Ichcaansihó, lo que hace de esta ciudad el lugar que ha tenido la ocupación humana más larga que se tenga documentada en la historia de la Península de Yucatán. Mérida, la “ciudad blanca” fue, desde el principio, y sigue siendo una “ciudad maya”.


RESUMIENDO, lo que he querido mostrar con esta larga digresión histórica es que en la justificación que se hace para homenajear a los Montejo como “fundadores” de Mérida se está nuevamente ignorando y manipulando la historia. Se invisibiliza así la contribución de otros grupos y personajes a quienes se debe en buena medida el origen, permanencia e identidad de la capital yucateca. Tihó precede y forma parte de Mérida. Esta ciudad simplemente no existiría sin el apoyo brindado por los Xiu, los Peches y los Cheles a los Montejo. La ciudad no hubiera sobrevivido sin los cahob-barrios que le proveían alimento y mano de obra. ¿Y entonces dónde figuran todos estos actores en el proyecto que pretende conmemorar la "fundación" de la ciudad? ¿Por qué no aparecen al lado (en el mismo nivel y en el mismo pedestal) de los Montejo, Tutul Xiu, Ah Nakuk Pech y Namux Chel?

La respuesta descansa en lo que he venido llamando el monoculturalismo hispanista y que predomina en la interpretación oficial de la historia regional. Y éste está fundado, como traté de demostrar en mi artículo anterior, en la discriminación y el racismo con los que los españoles y quienes se consideran sus descendientes han tratado a los mayas, sin importar que éstos fueran sus aliados circunstanciales. Los Xiu no tardaron en comprobar ésto cuando el obispo Diego de Landa decidió escarmentar a aquellos nobles y sacerdotes que seguían practicando y creyendo en la antigua religión.


Invisibilizar la contribución de los mayas a la formación de Mérida-Tihó es también discriminarlos. El monoculturalismo actúa así al querer reconocer y resaltar SOLAMENTE UNA de las múltiples contribuciones históricas y culturales que definen a los meridanos. ¿Cómo hablar de “fundación” cuando se trata más bien de una nueva etapa, dolorosa, rica, conflictiva y creativa, en la historia de la región? Esto sólo se puede hacer ignorando selectivamente la historia previa y el papel activo (y ciertamente contradictorio, pero actuación al fin y al cabo, y no pasividad) de los mayas a fin de resaltar la superioridad de los europeos. De esta forma, el imaginario monoculturalista se vuelve un imaginario racista, del cual abundan ejemplos en la historiografía peninsular. Como dice el historiador Federico Navarrete:
"Esta respuesta significa que el periodo indígena de nuestra historia murió [...], y que desde entonces México es otra cosa —cristiano, occidental, colonizado, mestizo, moderno, democrático, lo que sea, pero ya nunca más indígena. [...] Esta respuesta es, en suma, la justificación última del poder de las élites occidentales y occidentalizantes en nuestro país."
¿Qué respuesta dar ante este hecho? Me parece que hay muchas posibilidades y que la erección arbitraria (sin consulta previa por parte de las autoridades municipales e impuesta como un “compromiso histórico” sin revisar críticamente la historia regional) del monumento a los Montejo nos brinda la oportunidad de transitar desde una interpretación histórica y un Paseo monoculturales a un Paseo y una nueva actitud interculturales. Este será el título y el tema de mi siguiente artículo.